Deseé tanto la felicidad que el universo me envió a Houdini: una mañana apareció en mi cartera, la de uso diario; detrás de papeles, pañuelos descartables y una birome a punto de reventar. En aquella ocasión, en forma de perfume en frasco; un aroma exquisito, surreal, como si mil dragones masticaran canteros repletos de rosas perladas por rocío y exhalaran su aliento, justo en mis oídos… así fue el primer encuentro con Houdini; debo admitir que no esperaba tanto de la vida.
No entré en contacto con él en un primer momento, pero luego de un tiempo de verlo aparecer y desaparecer en el fondo del bolso, me atreví, destapé el frasco y contuve la exuberante fragancia unos segundos en mi interior… Antes de eso todo parecía normal, pero después los contornos de las cosas comenzaron a moverse; nada sería lo mismo a partir de allí. Aquello que me parecía derecho ahora estaba ligeramente torcido; las patas de las mesas que siempre percibí de una rigidez extrema, ahora eran cóncavas o convexas o flotantes o líquidas, según él las revelara.