Respirando utopías.
Hoy me levanté desganado. Enseguida me di cuenta de que el cielo no tiene un color propio sino el que uno elige. El mío es gris hormigón.
La semana pasada el traumatólogo me regaló una sonrisa condescendiente y quiso alentarme: “son unos días nomás”. “¿Sólo unos días para una fractura de tibia y peroné?, dudé. “Digamos, entre tres y seis meses”. El cambio de unidad de tiempo lo evalué como una estafa. Estaba entre azotarlo o desollarlo vivo. Por consiguiente, le estreché la mano, le dejé un “gracias”, y salí cabizbajo arrastrando la momificación de la pierna.
¿Qué soy sin los entrenamientos, sin los insultos, sin los gritos, sin la pelota, sin la emoción de la red?
Me recomendaron leer mientras esté en cama. La literatura te deja caminar, aunque no puedas. Te permite viajar, aunque los bolsillos estén vacíos. Ofrece una variedad temática infinita y una contemplación sosegada. Es lumbre dentro de la caverna de la rutina. Por consiguiente, hay tiempo para Proust y su À la recherche du temps perdu.
También me sugirieron escribir. En eso estoy. Tratando, tropezando, evitando minuciosamente cualquier acierto. Alguien me comentó que al parecer en la infancia me gustaba bastante. Sin embargo, escribir con cierta musicalidad poética o con un norte en la trama es otra cuestión, que dudosamente alcance.
De todas maneras, me quedé sin mi sueño, por lo menos por un tiempo. Así vivir se hace más denso. Distintas voces envalentonan luchar por una pasión. Pero ahora que lo releo, las palabras “sueño” y “pasión” tienen un tono mágico, casi infantil. Creo que nos mueven las utopías, esos anhelos para transmutar el mundo, no individual sino comunitario.
No se puede avanzar sin vislumbrar la utopía por la cual se lucha. Alcanzarla es superfluo, lo importante es desmalezar el camino.
En mi caso, no sé si voy a llegar a tener una carrera en letras que dignifique con un cambio. Es difícil entrar en esa muchedumbre de entendidos. Además la pobreza se cierne sobre los artistas. Tampoco sé si voy a volver a jugar por la banda derecha. Ya hay demasiados jugadores, y mis habilidades son humildes, casi payasescas.
La única convicción que me nació, ahora que recapitulo después de escribir estas líneas, es que de esta cama me levanto y que la batalla está asegurada. Creo que el cielo está cambiando su matiz.
La semana pasada el traumatólogo me regaló una sonrisa condescendiente y quiso alentarme: “son unos días nomás”. “¿Sólo unos días para una fractura de tibia y peroné?, dudé. “Digamos, entre tres y seis meses”. El cambio de unidad de tiempo lo evalué como una estafa. Estaba entre azotarlo o desollarlo vivo. Por consiguiente, le estreché la mano, le dejé un “gracias”, y salí cabizbajo arrastrando la momificación de la pierna.
¿Qué soy sin los entrenamientos, sin los insultos, sin los gritos, sin la pelota, sin la emoción de la red?
Me recomendaron leer mientras esté en cama. La literatura te deja caminar, aunque no puedas. Te permite viajar, aunque los bolsillos estén vacíos. Ofrece una variedad temática infinita y una contemplación sosegada. Es lumbre dentro de la caverna de la rutina. Por consiguiente, hay tiempo para Proust y su À la recherche du temps perdu.
También me sugirieron escribir. En eso estoy. Tratando, tropezando, evitando minuciosamente cualquier acierto. Alguien me comentó que al parecer en la infancia me gustaba bastante. Sin embargo, escribir con cierta musicalidad poética o con un norte en la trama es otra cuestión, que dudosamente alcance.
De todas maneras, me quedé sin mi sueño, por lo menos por un tiempo. Así vivir se hace más denso. Distintas voces envalentonan luchar por una pasión. Pero ahora que lo releo, las palabras “sueño” y “pasión” tienen un tono mágico, casi infantil. Creo que nos mueven las utopías, esos anhelos para transmutar el mundo, no individual sino comunitario.
No se puede avanzar sin vislumbrar la utopía por la cual se lucha. Alcanzarla es superfluo, lo importante es desmalezar el camino.
En mi caso, no sé si voy a llegar a tener una carrera en letras que dignifique con un cambio. Es difícil entrar en esa muchedumbre de entendidos. Además la pobreza se cierne sobre los artistas. Tampoco sé si voy a volver a jugar por la banda derecha. Ya hay demasiados jugadores, y mis habilidades son humildes, casi payasescas.
La única convicción que me nació, ahora que recapitulo después de escribir estas líneas, es que de esta cama me levanto y que la batalla está asegurada. Creo que el cielo está cambiando su matiz.
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