Los libros y los michis
Pocos escritores resisten la sapiencia gatuna. Es milenaria. El michi te suelta una mirada y van ahí 5000 años de historia. En mi caso particular, los amo de forma incondicional y por eso están en el pie de página de Diotima, que declara: "Amamos los michis y los libros por igual". ¿Cómo no hacerlo? Mi gato, Pancita, elige para dormir el estante más alto de la biblioteca, cerca del techo, y desde ahí supervisa mis esfuerzos por escribir todos los días. Le gusta más el papel de imprenta que su mullida cuchita gatuna. Pero además, estas criaturas son enigmáticas, singulares y cada una tiene una personalidad diferente y entrañable. Por ejemplo, una gatita que tuve sufría complejo perruno: me traía los juguetes que yo le tiraba igual que lo haría un pichu bien entrenado. Summa cum laude, era. Para no hablar de las mañas de Pancita. Si llora a la mitad del pasillo, sé que me espera porque él me entrenó a obedecer ese maullido y a acariciarlo mientras come. Pancita no come si no lo acarician. Ustedes deben de tener miles de historias. ¡Compartan! Yo podría hablar horas enteras, pero les dejo el espacio. Quizá puedan aportar anécdotas en otro apartado muy encumbrado: el amor de los escritores por los gatos. Todos hemos visto la foto de Borges con su gatita blanca. Y a Cortázar, con sus michis, morrongos, musis y misifús que enternecían a La Maga.
En fin, los gatos dan que hablar y nosotros los queremos escuchar –a ustedes, obviamente–.
Y aunque no quiero, los tengo que dejar porque Pancita reclama su cuota de caricias.
¡Nos vemos!
Graciela
En fin, los gatos dan que hablar y nosotros los queremos escuchar –a ustedes, obviamente–.
Y aunque no quiero, los tengo que dejar porque Pancita reclama su cuota de caricias.
¡Nos vemos!
Graciela
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