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Ezequiel Bongiorni 20/10/2026 · 14:46

La impertinente persistencia

¿Por qué razón, circunstancia, o capricho será que en la actualidad se le otorga una mayor autoridad a las historias que comienzan con una leyenda que reza: “basado en hechos reales”?

¿Cuál es el motivo para tanta avidez por una descripción de la realidad, que de hecho es imposible de lograr? Cuando interviene el trazo de un lápiz sobre el papel, o un personaje es interpretado sobre las tablas, o alguien se jacta de una verdad con una “información”, empieza a obrar la ficción.

Dejando en claro lo anterior, la semana pasada me contaron una historia basada en hechos reales de dos insolentes inolvidables. La memoria me falla pero la serenidad ante la ridiculez no. Recuerdo lo siguiente:

Hace algunos siglos atrás, unos cuantos, en Inglaterra se daba un monopolio particular en el ambiente de la dramaturgia. Los escritores, artífices de la mayoría de las obras teatrales londinenses, eran dos eruditos en la materia: Christopher Marlowe y Robert Greene. Eran los dos dramaturgos por excelencia de la capital, dos plumas de poética elocuente.

Tanto Marlowe como Greene se habían graduado en la Universidad de Cambridge, uno de los dos reductos inevitables para poder escribir el género. El otro era la Universidad de Oxford. Todos los escritores pasaban por una de estas dos fortalezas. No se podía escribir de otra forma.

En esos años, a un veinteañero, hijo de un guantero, se le ocurrió escribir una obra teatral. Y tuvo la osadía de publicarla. Las críticas fueron feroces. ¿Cómo se le había cruzado por la cabeza a un don nadie cristalizar un texto sin pasar por Cambridge u Oxford? Inaudito. Greene lo rebajó sosteniendo que era un “cuervo advenedizo que se embellece con nuestras plumas”.

El joven claudicó. Los comentarios eran devastadores. No quería saber más nada de la literatura ni de la dramaturgia. Desapareció durante siete años. No hubo rastros de él.

Al cabo de un tiempo, un amigo lo pudo ubicar. Le ofreció que lo acompañe en un emprendimiento; tenía ganas de abrir un teatro en Londres donde ambos pudieran escribir. La idea inicial era invertir unas diez libras cada uno para, aunque sea, poder participar. El muchacho aceptó a regañadientes. Sin embargo, en poco tiempo el Teatro Globe tuvo un éxito insospechado, y el joven, después del primer año, terminó una obra con el nombre de “Romeo y Julieta”.
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