Seis meses atrás Leticia había sido madre. Estaba flaca, un poco ojerosa y casi agotada por la falta de sueño; la beba la estaba consumiendo. Además, la muerte de su padre la había golpeado con dureza. Se lamentaba por no haberle dicho que esperaba ese nieto tan anhelado por él; quiso dejar pasar los primeros meses para estar segura de que no habría complicaciones. Lo extrañaba profundamente y le dolía que ella no pudiera verlo acunando a su nieta.
Esa mañana se levantó dispuesta a recuperar una vida más allá de la maternidad y la orfandad. Empezaría un curso de literatura en la centenaria biblioteca fundada por los masones a comienzos del siglo pasado. Necesitaba volver a ser esa mujer con inquietudes y energía; sentía que, si no salía de la pena y de la dedicación exclusiva a su hija, se convertiría en una mala madre y se secaría en una eterna letanía.
El grupo literario era muy heterogéneo en edades, visiones y aspiraciones. La profesora, una catedrática de literatura con un gran conocimiento de las técnicas de escritura y de cómo incentivar a sus alumnos, era un fiasco como autora y poeta. A pesar de ello, de sus veinte años de tallerista literaria surgieron los mejores escritores del pueblo. La ciudad se convirtió en un faro de las letras en la provincia, y varios autores llegaron a publicar a nivel nacional bajo su guía.
La cita de los jueves a las 18:00 horas en el taller fue el germen de la recuperación de Leticia. Volvió a sentirse bien consigo misma, a querer más a su hija y a su esposo, y a tolerar mejor la ausencia de su padre. Como todo taller, el grupo se fue decantando. Alicia se marchó porque decía que las lecturas y los textos que escribían eran muy siniestros; los que llegaron por puro esnobismo, abandonaron sin haber producido jamás nada interesante. La profesora era muy exigente: si no escribían, las enviaba «a la B» para no entorpecer el desarrollo de quienes tenían cierta pasta de escritor o, como ella decía, «buen grafito».
Al final quedaron cuatro en el grupo. Luisito, al que apodaron «Pipita», vivía en un mundo alterno y era el mejor poeta; se le notaba que al escribir lograba el enfoque que en su vida cotidiana no podía alcanzar. Marta, una septuagenaria inclinada a la poesía naif, era muy predecible y comercial; llevaba décadas de taller en taller y sumaba más de quince libros editados que se vendían bien, a pesar de sus escasas capacidades como creadora. Marcos, un cuarentón que escribía y se había propuesto editar al fin un libro, mostraba una prosa a veces truculenta, violenta y escabrosa, pero sus metáforas eran exquisitas. Él siempre le recriminaba a Leticia: «Deja de escribir tan rosa; escarba en tus personajes, que aparezcan tal como son. Todos nos acorazamos, pero debajo somos otros, a veces mejores, otras no tanto. Sos una gran escritora, tenés que jugártela, ponerle a tus escritos la fuerza que muestran tus ojos».
A la salida del curso, Leticia y Marcos se iban juntos caminando. Las charlas eran muy copiosas y extensas; se quedaban conversando en la esquina a dos cuadras de la casa de Leticia hasta bien entrada la noche. El taller terminó a fin de año; presentaron una edición casera, brindaron y se despidieron hasta el próximo año. Leticia esperaba con ansias el inicio de las clases y, sobre todo, esas conversaciones con Marcos.
La noticia llegó a su celular a la hora del desayuno: Carla Viviana Alzamendi, la profesora, había fallecido. Mientras caminaba hacia su casa, al cruzar el antiguo puente de la calle Suipacha, un joven que hacía willy en bicicleta perdió el equilibrio y golpeó a la transeúnte. Ella cayó al canal de cabeza y falleció al instante. Marcos y Leticia se vieron en el velorio, despidieron juntos a la profesora en el cementerio, volvieron a charlar un largo rato y, después de eso, dejaron de verse por mucho tiempo. Cada tanto se cruzaban en algún evento cultural o en presentaciones de libros. Así, entre encuentros casuales, transcurrieron cinco años.
Esa mañana de domingo, otoñal y luminosa, Leticia lo vio pisando las hojas secas frente al nuevo colegio comercial. Lo vio feliz, con la misma expresión de aquellas conversaciones imprevistas. Lo siguió; lo veía gesticular y lo oía desentonar la canción que escuchaba a través de sus auriculares. Lo llamó:
—¡Marcos! ¡Marcos!
Él seguía abstraído en su mundo de solitaria felicidad. Ella apuró el paso y volvió a gritar:
—¡Marcos! ¡Marcos!
Pero él continuaba ajeno a su entorno. Leticia corrió, lo alcanzó y estiró los brazos para taparle los ojos. Lentamente, él se plegó al juego. Se quitó los auriculares y acarició el dorso de esas manos que le recordaban la tibieza del amor ausente.
—¿Quién será? —dijo, como si no lo supiera, dejándose llevar por lo que esas manos le transmitían.
—Tendrá que adivinar, señor —contestó ella con voz gutural.
Él se dio vuelta y quedaron frente a frente. La abrazó como siempre había querido.
—Intuí que eras vos; lo vi en tus manos.
—No me oíste cuando te llamé. ¿Qué estabas oyendo tan compenetrado?
Le arrebató los auriculares y oyó:
Abre tus viejas cosas,
junta tu maquillaje, alguien se acerca.
Cierra los ojos, siéntate,
dale gracias por estar,
dale gracias por estar cerca de ti.
—Es hermosa. ¿En quién pensás mientras la escuchás?
Después de un silencio de contemplación, él respondió:
—En vos… siempre es en vos.
Ella sonrió en silencio para sí misma. Él notó la luz en sus ojos, pero sabía que las palabras que vendrían nublarían ese instante de sol.
—Me voy a Finlandia —dijo ella, y le besó los labios—. Hace mucho que quiero besarte.
—Siempre quise que me besaras —respondió él, y la besó apasionadamente.
—No quería irme sin despedirme, mañana tomo el avión.
—En otra vida —dijo él, para intentar que la herida no sangrara tanto.
—Estoy segura de que en otra vida fuimos uno, y lo volveremos a ser en la siguiente.
Ella le acarició el rostro, lo tomó de las manos y agregó:
—Quizás en esta… aún no es nuestro tiempo —dijo, intentando convencerse de que se le escapaba el amor una vez más; o tal vez, el único amor.
Él la vio alejarse lentamente y darse vuelta varias veces, hasta que dobló la esquina.
Marcos salía de la sala de rehabilitación del pabellón que fuera construido para los tuberculosos. Recordó las aplicaciones de la reacción de Mantoux cruzando la puerta de la calle Salgado, y aquella vez que vomitó al tomar la horrenda y verde BCG que las enfermeras, con violencia, le hicieron ingerir.
Era su tricentésima vigésima cuarta diálisis. Esta vez, su grado de ensoñación era más profundo; todo se movía a su alrededor en un estado de flotabilidad. En ese limbo tuvo la impresión de ver a Leticia; siempre la veía y la soñaba. Apretó el libro que había comenzado a leer.
Lisandro, su hijo, quien empujaba la silla de ruedas, cruzó miradas con esa mujer que Marcos creyó ver como una Leticia joven. Se detuvieron y hubo un halo de paz, alegría y reencuentro. Marcos se durmió.
—¿Quién era la chica
Dejar un comentario
Comentarios publicados (1)
sólo el amor no envejece.