A mis ocho, nueve años, vi en la tele "Pink Floyd The Wall". Claramente no la entendía, pero esas tortuosas imágenes del rockero devenido jerarca militar junto a esos dibujos animados psicodélicos forjaron una forma de ver el mundo. Mi extraña forma. Luego vino "2001 odisea al espacio", que, lejos de entenderla, me produjo fascinación, al mirarla comprendía que ahí había arte, algo superior a mi alcance, algo que me movía, me aterraba y fascinaba. Cuando comencé a leer, los comics poblaban mis días, Batman, Superman, Spiderman, pero un día me compré Teniente Blueberry y descubrí al cowboy melancólico, existencial. De nuevo, había otra cosa, algo se gestaba. Alvar Mayor, Hellboy… Akira me dio la certeza de que una hoja dibujada podía ser el cine más exquisito.