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Blog de escritores

Notas, cuentos, entrevistas, crítica y conversación literaria desde una editorial argentina independiente.

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Imagen de la publicación: El jenga de la vida.

El jenga de la vida.

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A mis ocho, nueve años, vi en la tele "Pink Floyd The Wall". Claramente no la entendía, pero esas tortuosas imágenes del rockero devenido jerarca militar junto a esos dibujos animados psicodélicos forjaron una forma de ver el mundo. Mi extraña forma. Luego vino "2001 odisea al espacio", que, lejos de entenderla, me produjo fascinación, al mirarla comprendía que ahí había arte, algo superior a mi alcance, algo que me movía, me aterraba y fascinaba. Cuando comencé a leer, los comics poblaban mis días, Batman, Superman, Spiderman, pero un día me compré Teniente Blueberry y descubrí al cowboy melancólico, existencial. De nuevo, había otra cosa, algo se gestaba. Alvar Mayor, Hellboy… Akira me dio la certeza de que una hoja dibujada podía ser el cine más exquisito.
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Imagen de la publicación: Sobreviviendo a Houdini

Sobreviviendo a Houdini

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Deseé tanto la felicidad que el universo me envió a Houdini: una mañana apareció en mi cartera, la de uso diario; detrás de papeles, pañuelos descartables y una birome a punto de reventar. En aquella ocasión, en forma de perfume en frasco; un aroma exquisito, surreal, como si mil dragones masticaran canteros repletos de rosas perladas por rocío y exhalaran su aliento, justo en mis oídos… así fue el primer encuentro con Houdini; debo admitir que no esperaba tanto de la vida.

No entré en contacto con él en un primer momento, pero luego de un tiempo de verlo aparecer y desaparecer en el fondo del bolso, me atreví, destapé el frasco y contuve la exuberante fragancia unos segundos en mi interior… Antes de eso todo parecía normal, pero después los contornos de las cosas comenzaron a moverse; nada sería lo mismo a partir de allí. Aquello que me parecía derecho ahora estaba ligeramente torcido; las patas de las mesas que siempre percibí de una rigidez extrema, ahora eran cóncavas o convexas o flotantes o líquidas, según él las revelara.
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Imagen de la publicación: Marta 25 años después

Marta 25 años después

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Mi vieja tenía razón. Fue durante un viaje a su pueblo natal, un páramo perdido en la precordillera sanjuanina, yo tendría unos diez años y la vieja me presentaba a sus amigos de la infancia. A los diez años la vejez es una cuestión relativa y cualquier persona que tiene más de treinta califica como anciano. Yo estaba cansado de ver adultos que no me despertaban el más mínimo interés. Mi vieja notaba mi aburrimiento y entre carcajadas, le contaba a sus amigos y yo le digo, “estos son los nenes con los que jugaba mamá, ¡pero son todos viejos!” La vieja sabía...
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