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Blog de escritores

Notas, cuentos, entrevistas, crítica y conversación literaria desde una editorial argentina independiente.

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Imagen de la publicación: No pude soltar el bisturí [ parte 1 ]

No pude soltar el bisturí [ parte 1 ]

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La sala de autopsias del Hospital Municipal olía a formol, a óxido húmedo y a carne que ya fermentada. Los tubos fluorescentes zumbaban con un sonido constante y eléctrico. Afuera llovía con esa insistencia fina que no moja del todo. Adentro solo se oía el goteo irregular de una canilla que nadie cerraba y el lejano zumbido de la cámara frigorífica. Facundo Ríos se ajustó los guantes de látex por quinta vez. Eran las 2:39 de la madrugada. El técnico de turno había pedido franco a última hora y el jefe nunca aparecía después de las once. Solo él, la grabadora digital y el cuerpo tendido bajo la luz blanca. El cadáver se llamaba Héctor Ledesma. Cuarenta y tres años. Se había tirado desde el sexto piso de un edificio en construcción. El impacto le había hundido el cráneo del lado izquierdo y le había reventado el abdomen dejando un desgarro por el que asomaban asas de intestino. Aun así, el torso estaba lo bastante entero para una autopsia completa. Facundo lo miro más de lo necesario. Había algo en la boca entreabierta que le resultaba inquietante, como si el hombre hubiera sonreído en el último instante.
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Imagen de la publicación: No pude soltar el bisturí [ parte 2 ]

No pude soltar el bisturí [ parte 2 ]

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Facundo intentó huir otra vez. Dio cinco pasos hacia la puerta. El cuerpo se incorporó de la cintura para arriba con un crujido horrible de costillas y vértebras. El pecho abierto se cerró solo, como una cremallera de carne y grasa, y volvió a abrirse con un sonido húmedo cuando, obligado por el hormigueo que ahora controlaba sus brazos, regresó a su lado. No había escape. Continuó. Extrajo la vejiga, la próstata, los testículos. Héctor narraba cada sensación con precisión cruel: —Cuando cortás el cordón espermático se siente un tirón que llega hasta la base de la columna. No debería doler, pero duele igual. El cuerpo guarda memoria. Más despacio. Quiero sentirlo completo.
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La guerra

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Te estás yendo, parece. Te veo respirar con dificultad. Sin embargo, de tanto en tanto, oigo todavía estruendos lejanos: son tus débiles latidos, cada vez más espaciados, que saben que se apagarán pronto. Sí, lo saben y aun así insisten, obstinados, en llevarse a algún inocente más de este mundo.

Te estás yendo, es evidente. Huelo tu agonía. Este nuevo abril que ha llegado te llevará con él. Eso es, te desafío, maldita: ¡No pasarás de abril! ¡No! ¡En mayo serás un cadáver! ¿Querrá alguien darte sepultura?

Te estás yendo, claro. Deberíamos estar felices, nos dicen algunos. Tal vez sea nuestro deber intentarlo. Aunque, ¿no es ese un fardo demasiado pesado para portarlo sobre nuestras espaldas? ¿No es hoy, acaso, una cruel obscenidad imaginar, siquiera por un instante, un sentimiento semejante? ¿No hemos sido, ya, llevados más allá del límite? ¿No nos han despojado de todo, como para que, encima, se nos pida que volvamos a sonreír?
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