La sala de autopsias del Hospital Municipal olía a formol, a óxido húmedo y a carne que ya fermentada. Los tubos fluorescentes zumbaban con un sonido constante y eléctrico. Afuera llovía con esa insistencia fina que no moja del todo. Adentro solo se oía el goteo irregular de una canilla que nadie cerraba y el lejano zumbido de la cámara frigorífica.
Facundo Ríos se ajustó los guantes de látex por quinta vez. Eran las 2:39 de la madrugada. El técnico de turno había pedido franco a última hora y el jefe nunca aparecía después de las once. Solo él, la grabadora digital y el cuerpo tendido bajo la luz blanca.
El cadáver se llamaba Héctor Ledesma. Cuarenta y tres años. Se había tirado desde el sexto piso de un edificio en construcción. El impacto le había hundido el cráneo del lado izquierdo y le había reventado el abdomen dejando un desgarro por el que asomaban asas de intestino. Aun así, el torso estaba lo bastante entero para una autopsia completa. Facundo lo miro más de lo necesario. Había algo en la boca entreabierta que le resultaba inquietante, como si el hombre hubiera sonreído en el último instante.