Silla o yo
No sé cuál de los dos escribe esta página. (JLB)
A simple vista es tan sólo una silla cayéndose. Nada fuera de lo común: cuatro patas, respaldo, asiento, todos inclinados hacia atrás en una maniobra detenida en el tiempo. Pero, si nos quedáramos mirándola un momento —con ojos curiosos y extrañados—, empezaríamos a pensar, por ejemplo, en la madera de que está hecha: ¿es maciza o blanda? Si maciza, podríamos hablar de una estructura firme, sin demasiadas posibilidades de alteración. Si blanda, podríamos conseguir moldearla a nuestro gusto, lograr cometidos, lo que se dice, experimentales. Por ahora, digamos que la estructura básica está formada por un material indefinido, con un asiento hecho de un tejido indefinido que ofrece la oportunidad de apoyar los glúteos indefinidamente. (Tratándose de una silla hipotética, puedo imaginarla de tal modo que exprese metafóricamente lo que yo quiero y no otra cosa.) Sin embargo, y a pesar de todo el trabajo que me tomaré en describirla, no puedo considerarla mi silla. A partir de ahora, la silla es de y para todos. Uno para la silla y todos para silla. Silla o muerte. Hasta la Silla Siempre. Arroró mi silla, arroró mi sillón. Más vale silla en mano que asiento volando.
Abeto, nogal, pino, olivo. ¿De qué árbol proviene tu madera? ¿Creció solitario o en manada? ¿O estamos hablando de un gran árbol con forma de silla, con sillas pendiendo de las ramas (también con forma de sillas)? ¿Dónde se encuentran ahora el verde de tus hojas o el rubor de tus flores? ¿Podemos encontrarlos, transmutados, en algún lado de la habitación? Toda silla precisa de un ambiente, ¿no? No existe tal cosa como una silla-galaxia, flotando en el espacio sideral. Entonces, ¿qué hábitat rodea a la que es objeto de nuestra consideración y que ya empieza a ser tan estimada asimismo por nosotros? Podríamos decir: fina y elegante, está ubicada dentro del estudio de un arquitecto. O: es tan sólo una silla apilada entre tantas otras en el galpón de una iglesia evangélica. O: que forma parte del mobiliario de una casa humilde. El padre llega cansado, después de tanto trabajar —a pesar de haberse jubilado hace diez años. Es viudo y sus hijos lo vienen a visitar asiduamente. Eso consigue aliviarle la congoja. Estaríamos hablando de una silla pergeñada por el lápiz de Vincent Van Gogh, ¿no? En diagonal, entonces, veríamos cómo flota el boceto de una mano que aferra un utensilio agronómico. Y una pipa sobre el asiento. No nos olvidemos de la pipa sobre el asiento. No creo que sería correcto de hablar de ella como de uno de los sillones de Henri Matisse, con odaliscas coloridas sentadas sobre aquella; ni del mobiliario geométrico y pintado de colores primarios de Roy Lichtenstein. ¿Sería una locura considerar a los rectángulos de Piet Mondrian como las instrucciones para armar una silla desde cero? Sí podríamos mencionar —como al pasar—, tal vez, alguna silla de Dalí, suspendida en el firmamento, con soportes en forma de aguja creciendo alrededor.
No es una silla giratoria de oficina, ni una silla eléctrica. No es el trono de un papa, ni una letrina, ni el sofá donde descansa un San Bernardo, tampoco un banco de plaza decorado con una fina capa de caca de paloma, ni un banquito muy muy bajito como para sentarse en él —no estaríamos cómodos—, que en cambio sirve o para apoyar la pava o para alcanzar objetos a una altura considerable. (Una escalera, ¿es la evolución de la silla? ¿O una deformación de la misma? ¿No se trata acaso de una combinación de asientos que ascienden, con cuatro patas sosteniéndolos? ¿Qué vino primero? ¿La silla o la escalera? ¿Y la puerta? ¿Qué relación podemos establecer entre la silla y la puerta? Entran una silla, una puerta y una escalera al bar. La escalera dice: necesito un descanso.)
Momento de un pequeño desvío en el relato, para reclinarme y descansar. ¡Qué bien me vendría una silla cuya comodidad compensase todos los sufrimientos del escritor!
Indudablemente, hemos explorado algunos de los ambientes posibles para una silla, pero no nos hemos dedicado a compararla con números —al parecer esto es una práctica habitual dentro de la pedagogía: ¿no nos recuerdan una y otra vez nuestros maestros al momento de alfabetizarnos a qué se asemeja el número 4? Correcto. A una silla. No este cuatro que acabo de sellar. Sino aquel que realmente se parece a una silla dada vuelta. Probemos con letras, mejor. La letra A se parece a un atril: ¿el atril es el asiento de los lienzos? La B se parece a una biblioteca: ¿la biblioteca es el asiento de los libros? La C, a un gancho de carnicería: ¿El gancho de carnicería es el asiento de las reses? Y así podríamos seguir, pero no debemos olvidar que una silla —en lo que respecta a las partes que la componen, por lo menos— nunca es infinita. Debemos nosotros también olvidarnos de toda presunción de agotar nuestros recursos. Pero, si nos dispusiéramos a compararla con un animal, claramente diríamos que se trata de un cuadrúpedo vertebrado: una jirafa degollada, un escarabajo luciendo un par de antenas gruesas y unidas por una lámina rectangular como un estandarte, o, simplemente, un elefante famélico. Sus cuatro patas, a pesar de que así se llaman, en realidad no patean, ni caminan, ni corren ni vuelan. Se mantienen aferradas al suelo como raíces, mejor dicho. No es casualidad, si tenemos en cuenta su procedencia. Aunque no es imposible que, cuando nadie la ve, baile o practique yoga, o anhele, solitaria, a una silla distinta de las tres restantes que bordean a la mesa a la que se halla trágicamente anclada. ¡Salir de viaje! Eso quisiera, deshacer mi estructura articulada y convertirme en madera de barco: quilla, vela o timón. Con remo me alcanza.
Nuestra silla sigue cayendo. Lo ha estado haciendo desde que empezamos a escribir y no tardará en tocar el suelo. ¿Qué pasará cuando caiga? ¿Causará un terremoto al otro lado del planeta, como la mariposa de Chuang Tzu? ¿Creará por segunda vez la Quinta Sinfonía? ¿Se desprenderá en sus distintas partes y habrá que llamar al carpintero? ¿Estallará como el Big Bang? ¿Caerá en las redes de una araña, o de la mafia? ¿Conseguirá de una vez por todas que algún hombre tímido le hable a su amada? ¿Derrocará a un presidente acusado de corrupción? En tanto nadie la vea, nada más sucederá. El mismo destino le está determinado a aquel que ha seguido detenidamente dicha caída y que, en este momento, pone un punto final a un discurrir de pensamientos por lo menos estrafalarios. Silla o yo, no sé cuál de los dos escribe estas páginas.
A simple vista es tan sólo una silla cayéndose. Nada fuera de lo común: cuatro patas, respaldo, asiento, todos inclinados hacia atrás en una maniobra detenida en el tiempo. Pero, si nos quedáramos mirándola un momento —con ojos curiosos y extrañados—, empezaríamos a pensar, por ejemplo, en la madera de que está hecha: ¿es maciza o blanda? Si maciza, podríamos hablar de una estructura firme, sin demasiadas posibilidades de alteración. Si blanda, podríamos conseguir moldearla a nuestro gusto, lograr cometidos, lo que se dice, experimentales. Por ahora, digamos que la estructura básica está formada por un material indefinido, con un asiento hecho de un tejido indefinido que ofrece la oportunidad de apoyar los glúteos indefinidamente. (Tratándose de una silla hipotética, puedo imaginarla de tal modo que exprese metafóricamente lo que yo quiero y no otra cosa.) Sin embargo, y a pesar de todo el trabajo que me tomaré en describirla, no puedo considerarla mi silla. A partir de ahora, la silla es de y para todos. Uno para la silla y todos para silla. Silla o muerte. Hasta la Silla Siempre. Arroró mi silla, arroró mi sillón. Más vale silla en mano que asiento volando.
Abeto, nogal, pino, olivo. ¿De qué árbol proviene tu madera? ¿Creció solitario o en manada? ¿O estamos hablando de un gran árbol con forma de silla, con sillas pendiendo de las ramas (también con forma de sillas)? ¿Dónde se encuentran ahora el verde de tus hojas o el rubor de tus flores? ¿Podemos encontrarlos, transmutados, en algún lado de la habitación? Toda silla precisa de un ambiente, ¿no? No existe tal cosa como una silla-galaxia, flotando en el espacio sideral. Entonces, ¿qué hábitat rodea a la que es objeto de nuestra consideración y que ya empieza a ser tan estimada asimismo por nosotros? Podríamos decir: fina y elegante, está ubicada dentro del estudio de un arquitecto. O: es tan sólo una silla apilada entre tantas otras en el galpón de una iglesia evangélica. O: que forma parte del mobiliario de una casa humilde. El padre llega cansado, después de tanto trabajar —a pesar de haberse jubilado hace diez años. Es viudo y sus hijos lo vienen a visitar asiduamente. Eso consigue aliviarle la congoja. Estaríamos hablando de una silla pergeñada por el lápiz de Vincent Van Gogh, ¿no? En diagonal, entonces, veríamos cómo flota el boceto de una mano que aferra un utensilio agronómico. Y una pipa sobre el asiento. No nos olvidemos de la pipa sobre el asiento. No creo que sería correcto de hablar de ella como de uno de los sillones de Henri Matisse, con odaliscas coloridas sentadas sobre aquella; ni del mobiliario geométrico y pintado de colores primarios de Roy Lichtenstein. ¿Sería una locura considerar a los rectángulos de Piet Mondrian como las instrucciones para armar una silla desde cero? Sí podríamos mencionar —como al pasar—, tal vez, alguna silla de Dalí, suspendida en el firmamento, con soportes en forma de aguja creciendo alrededor.
No es una silla giratoria de oficina, ni una silla eléctrica. No es el trono de un papa, ni una letrina, ni el sofá donde descansa un San Bernardo, tampoco un banco de plaza decorado con una fina capa de caca de paloma, ni un banquito muy muy bajito como para sentarse en él —no estaríamos cómodos—, que en cambio sirve o para apoyar la pava o para alcanzar objetos a una altura considerable. (Una escalera, ¿es la evolución de la silla? ¿O una deformación de la misma? ¿No se trata acaso de una combinación de asientos que ascienden, con cuatro patas sosteniéndolos? ¿Qué vino primero? ¿La silla o la escalera? ¿Y la puerta? ¿Qué relación podemos establecer entre la silla y la puerta? Entran una silla, una puerta y una escalera al bar. La escalera dice: necesito un descanso.)
Momento de un pequeño desvío en el relato, para reclinarme y descansar. ¡Qué bien me vendría una silla cuya comodidad compensase todos los sufrimientos del escritor!
Indudablemente, hemos explorado algunos de los ambientes posibles para una silla, pero no nos hemos dedicado a compararla con números —al parecer esto es una práctica habitual dentro de la pedagogía: ¿no nos recuerdan una y otra vez nuestros maestros al momento de alfabetizarnos a qué se asemeja el número 4? Correcto. A una silla. No este cuatro que acabo de sellar. Sino aquel que realmente se parece a una silla dada vuelta. Probemos con letras, mejor. La letra A se parece a un atril: ¿el atril es el asiento de los lienzos? La B se parece a una biblioteca: ¿la biblioteca es el asiento de los libros? La C, a un gancho de carnicería: ¿El gancho de carnicería es el asiento de las reses? Y así podríamos seguir, pero no debemos olvidar que una silla —en lo que respecta a las partes que la componen, por lo menos— nunca es infinita. Debemos nosotros también olvidarnos de toda presunción de agotar nuestros recursos. Pero, si nos dispusiéramos a compararla con un animal, claramente diríamos que se trata de un cuadrúpedo vertebrado: una jirafa degollada, un escarabajo luciendo un par de antenas gruesas y unidas por una lámina rectangular como un estandarte, o, simplemente, un elefante famélico. Sus cuatro patas, a pesar de que así se llaman, en realidad no patean, ni caminan, ni corren ni vuelan. Se mantienen aferradas al suelo como raíces, mejor dicho. No es casualidad, si tenemos en cuenta su procedencia. Aunque no es imposible que, cuando nadie la ve, baile o practique yoga, o anhele, solitaria, a una silla distinta de las tres restantes que bordean a la mesa a la que se halla trágicamente anclada. ¡Salir de viaje! Eso quisiera, deshacer mi estructura articulada y convertirme en madera de barco: quilla, vela o timón. Con remo me alcanza.
Nuestra silla sigue cayendo. Lo ha estado haciendo desde que empezamos a escribir y no tardará en tocar el suelo. ¿Qué pasará cuando caiga? ¿Causará un terremoto al otro lado del planeta, como la mariposa de Chuang Tzu? ¿Creará por segunda vez la Quinta Sinfonía? ¿Se desprenderá en sus distintas partes y habrá que llamar al carpintero? ¿Estallará como el Big Bang? ¿Caerá en las redes de una araña, o de la mafia? ¿Conseguirá de una vez por todas que algún hombre tímido le hable a su amada? ¿Derrocará a un presidente acusado de corrupción? En tanto nadie la vea, nada más sucederá. El mismo destino le está determinado a aquel que ha seguido detenidamente dicha caída y que, en este momento, pone un punto final a un discurrir de pensamientos por lo menos estrafalarios. Silla o yo, no sé cuál de los dos escribe estas páginas.
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