Comparto un cuento: El plato vacío
Nora tenía setenta y tres años y vivía con su hijo desde que el marido se murió. La casa era chica, de pasillo, en un barrio que ya no era el mismo. Ella cocinaba todos los días. Siempre había cocinado. Guisos, milanesas, tortilla de papas, lo que hubiera. A las ocho de la noche la mesa estaba puesta y el olor a comida llenaba el comedor.
Esa noche Hugo se sentó, se sirvió un plato generoso de guiso de lentejas y empezó a comer. Nora esperó. Él no levantó la vista. No le pasó la fuente. No le dijo "servite". Simplemente comió.
-Hugo... -dijo ella, suave.
Él masticó, tragó y recién ahí la miró.
-¿Qué?
-No me serviste.
Hugo dejó la cuchara a un lado del plato.
-No tengo más. Hice justo para mí.
Nora se quedó quieta. Miró la olla sobre la hornalla. Estaba medio llena. Él lo sabía. Ella lo sabía. Los dos se miraron un segundo de más y después Hugo bajó la vista otra vez y siguió comiendo.
Esa noche Nora cenó pan con mate.
Al día siguiente volvió a pasar.
Hugo llegó del laburo, se sacó los zapatos, se lavó las manos y se sentó a la mesa. Nora había preparado milanesas con puré. Él se sirvió tres. Ella esperó con el plato vacío delante. Él no le ofreció ninguna.
-Hugo, ¿me pasás una?
-Se me acabaron. Mañana hago más.
Nora miró la fuente. Quedaban dos milanesas. Él las vio también. No dijo nada. Terminó de comer, se levantó, dejó el plato en la pileta y se fue a mirar tele.
Ella se quedó sentada frente al plato vacío hasta que se le enfriaron las manos.
Empezó a contar los días.
El miércoles: arroz con pollo. Él se sirvió. A ella no.
El jueves: fideos con tuco. Igual.
El viernes: un bife. Uno solo. El de él.
Nora dejó de preguntar. Se levantaba más temprano, preparaba algo para ella a escondidas y lo comía en la cocina mientras él dormía. Pero Hugo se dio cuenta. Un sábado a la mañana abrió la heladera, miró el tupper con restos de tortilla y lo tiró a la basura sin decir una palabra.
-Estaba en mal estado - dijo cuando ella lo confrontó.
-Estaba perfecta.
-Estaba en mal estado, mamá.
A partir de ese día Nora empezó a esconder comida. Un pan en el cajón de la ropa interior. Galletitas detrás de los libros. Una lata de atún en el fondo del placard. Hugo las encontraba. Siempre. Las tiraba. Y cada vez que las tiraba la miraba con esa expresión cansada de quien está haciendo algo necesario.
-No podés estar comiendo cualquier cosa a tu edad -le decía- Te hace mal. Yo me ocupo.
Pero no se ocupaba.
Nora adelgazó. Se le marcaron los pómulos. Se le hundieron los ojos. El médico del hospital le preguntó si estaba comiendo bien. Ella sonrió y dijo que sí. No iba a contar que su propio hijo la estaba matando de hambre en la casa donde lo había criado.
Una noche, después de casi tres semanas, Nora se sentó a la mesa con el plato vacío y habló:
-Hugo... ¿por qué?
Él estaba comiendo un guiso de mondongo. El olor le llenaba la nariz a ella. Tragó saliva.
-Porque estás vieja -contestó sin levantar la vista- Porque gastás. Porque el sueldo no alcanza. Porque ya viviste lo que tenías que vivir. Y porque yo no pienso mantener a alguien que no produce nada.
Nora abrió la boca. No le salió nada.
-No es personal -siguió él, ahora sí mirándola- Es práctico. Si te moris de hambre de golpe, se nota. Si te voy dejando sin comida de a poco, pareces enferma. Nadie pregunta. Nadie investiga. Y cuando te vayas, la casa queda para mí. Limpia. Sin deudas.
Ella se levantó. Las piernas le temblaban. Caminó hasta su pieza, se acostó vestida y se quedó mirando el techo. Desde el comedor se escuchaba el ruido de la cuchara contra el plato. Hugo comía despacio, saboreando.
Al día siguiente Nora intentó salir a comprar algo. Hugo le había sacado la billetera. Las llaves de la casa también. Cuando ella intentó forzar la puerta, él apareció atrás de ella y le dijo, con voz casi cariñosa:
-No hagas quilombo, mamá. Hace frío afuera. Vas a terminar peor.
Esa noche el plato volvió a estar vacío. Y el de él, lleno.
Pasaron los días. Nora dejó de levantarse de la cama. El cuerpo le pesaba. El estómago le dolía con un hambre seca, antigua, que ya no era solo falta de comida: era falta de sentido. Hugo le llevaba un vaso de agua cada tanto. A veces una tostada sin manteca. Lo suficiente para que no se muriera todavía.
Una madrugada ella se arrastró hasta la cocina. Abrió la heladera con las manos temblando. Había un tupperware con restos de asado. Lo abrió. Olió. El olor le revolvió el estómago y al mismo tiempo le hizo agua la boca. Estaba por meter los dedos cuando escuchó la voz atrás de ella:
-Dejá eso.
Hugo estaba en el marco de la puerta, en pijama, con los brazos cruzados.
Nora se dio vuelta. Tenía la cara mojada de lágrimas que no recordaba haber llorado.
-Por favor... -susurró.
-No.
-Soy tu madre.
-Lo sé. Por eso duele menos.
Ella soltó el tupperware. Cayó al piso y se abrió. La carne se desparramó sobre el cerámico. Hugo se acercó, juntó todo con un trapo y lo tiró a la basura. Después tomó a Nora del brazo, con firmeza pero sin violencia, y la llevó de vuelta a la cama.
-Dormí -le dijo- Mañana es otro día.
Nora se acostó. Escuchó los pasos de él alejándose. Escuchó la heladera abrirse y cerrarse. Escuchó el ruido de un plato y de un tenedor.
En el comedor, Hugo se sirvió lo que quedaba del asado y comió en silencio, frente al plato vacío de su madre, que seguía puesto sobre la mesa como un recordatorio.
Afuera empezaba a clarear.
Adentro, Nora cerró los ojos y, por primera vez en semanas, no sintió hambre.
Solo frío.
Pueden leer más cuentos en "susurros del vacío" en el siguiente link: https://www.wattpad.com/story/417792353?utm_source=android&utm_medium=link&utm_content=story_info&wp_page=story_details_button&wp_uname=Eldep_
Esa noche Hugo se sentó, se sirvió un plato generoso de guiso de lentejas y empezó a comer. Nora esperó. Él no levantó la vista. No le pasó la fuente. No le dijo "servite". Simplemente comió.
-Hugo... -dijo ella, suave.
Él masticó, tragó y recién ahí la miró.
-¿Qué?
-No me serviste.
Hugo dejó la cuchara a un lado del plato.
-No tengo más. Hice justo para mí.
Nora se quedó quieta. Miró la olla sobre la hornalla. Estaba medio llena. Él lo sabía. Ella lo sabía. Los dos se miraron un segundo de más y después Hugo bajó la vista otra vez y siguió comiendo.
Esa noche Nora cenó pan con mate.
Al día siguiente volvió a pasar.
Hugo llegó del laburo, se sacó los zapatos, se lavó las manos y se sentó a la mesa. Nora había preparado milanesas con puré. Él se sirvió tres. Ella esperó con el plato vacío delante. Él no le ofreció ninguna.
-Hugo, ¿me pasás una?
-Se me acabaron. Mañana hago más.
Nora miró la fuente. Quedaban dos milanesas. Él las vio también. No dijo nada. Terminó de comer, se levantó, dejó el plato en la pileta y se fue a mirar tele.
Ella se quedó sentada frente al plato vacío hasta que se le enfriaron las manos.
Empezó a contar los días.
El miércoles: arroz con pollo. Él se sirvió. A ella no.
El jueves: fideos con tuco. Igual.
El viernes: un bife. Uno solo. El de él.
Nora dejó de preguntar. Se levantaba más temprano, preparaba algo para ella a escondidas y lo comía en la cocina mientras él dormía. Pero Hugo se dio cuenta. Un sábado a la mañana abrió la heladera, miró el tupper con restos de tortilla y lo tiró a la basura sin decir una palabra.
-Estaba en mal estado - dijo cuando ella lo confrontó.
-Estaba perfecta.
-Estaba en mal estado, mamá.
A partir de ese día Nora empezó a esconder comida. Un pan en el cajón de la ropa interior. Galletitas detrás de los libros. Una lata de atún en el fondo del placard. Hugo las encontraba. Siempre. Las tiraba. Y cada vez que las tiraba la miraba con esa expresión cansada de quien está haciendo algo necesario.
-No podés estar comiendo cualquier cosa a tu edad -le decía- Te hace mal. Yo me ocupo.
Pero no se ocupaba.
Nora adelgazó. Se le marcaron los pómulos. Se le hundieron los ojos. El médico del hospital le preguntó si estaba comiendo bien. Ella sonrió y dijo que sí. No iba a contar que su propio hijo la estaba matando de hambre en la casa donde lo había criado.
Una noche, después de casi tres semanas, Nora se sentó a la mesa con el plato vacío y habló:
-Hugo... ¿por qué?
Él estaba comiendo un guiso de mondongo. El olor le llenaba la nariz a ella. Tragó saliva.
-Porque estás vieja -contestó sin levantar la vista- Porque gastás. Porque el sueldo no alcanza. Porque ya viviste lo que tenías que vivir. Y porque yo no pienso mantener a alguien que no produce nada.
Nora abrió la boca. No le salió nada.
-No es personal -siguió él, ahora sí mirándola- Es práctico. Si te moris de hambre de golpe, se nota. Si te voy dejando sin comida de a poco, pareces enferma. Nadie pregunta. Nadie investiga. Y cuando te vayas, la casa queda para mí. Limpia. Sin deudas.
Ella se levantó. Las piernas le temblaban. Caminó hasta su pieza, se acostó vestida y se quedó mirando el techo. Desde el comedor se escuchaba el ruido de la cuchara contra el plato. Hugo comía despacio, saboreando.
Al día siguiente Nora intentó salir a comprar algo. Hugo le había sacado la billetera. Las llaves de la casa también. Cuando ella intentó forzar la puerta, él apareció atrás de ella y le dijo, con voz casi cariñosa:
-No hagas quilombo, mamá. Hace frío afuera. Vas a terminar peor.
Esa noche el plato volvió a estar vacío. Y el de él, lleno.
Pasaron los días. Nora dejó de levantarse de la cama. El cuerpo le pesaba. El estómago le dolía con un hambre seca, antigua, que ya no era solo falta de comida: era falta de sentido. Hugo le llevaba un vaso de agua cada tanto. A veces una tostada sin manteca. Lo suficiente para que no se muriera todavía.
Una madrugada ella se arrastró hasta la cocina. Abrió la heladera con las manos temblando. Había un tupperware con restos de asado. Lo abrió. Olió. El olor le revolvió el estómago y al mismo tiempo le hizo agua la boca. Estaba por meter los dedos cuando escuchó la voz atrás de ella:
-Dejá eso.
Hugo estaba en el marco de la puerta, en pijama, con los brazos cruzados.
Nora se dio vuelta. Tenía la cara mojada de lágrimas que no recordaba haber llorado.
-Por favor... -susurró.
-No.
-Soy tu madre.
-Lo sé. Por eso duele menos.
Ella soltó el tupperware. Cayó al piso y se abrió. La carne se desparramó sobre el cerámico. Hugo se acercó, juntó todo con un trapo y lo tiró a la basura. Después tomó a Nora del brazo, con firmeza pero sin violencia, y la llevó de vuelta a la cama.
-Dormí -le dijo- Mañana es otro día.
Nora se acostó. Escuchó los pasos de él alejándose. Escuchó la heladera abrirse y cerrarse. Escuchó el ruido de un plato y de un tenedor.
En el comedor, Hugo se sirvió lo que quedaba del asado y comió en silencio, frente al plato vacío de su madre, que seguía puesto sobre la mesa como un recordatorio.
Afuera empezaba a clarear.
Adentro, Nora cerró los ojos y, por primera vez en semanas, no sintió hambre.
Solo frío.
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