Hola, soy Brisa, la gata que escribe...
Y me enteré de que puedo escribir por acá y que, quizá, algún humano puede llegar a leerme y eso me pone muy pero muy contenta. Como no sabía qué escribir, les quiero contar que a mí me gusta un montón leer y como hace poquito terminé de releer la segunda novela de Nabokov, les dejo acá una reseña que escribí. Espero que les guste...
Franz es un joven al que su tío, dueño de una importante cadena de ropa para caballeros en Berlín, acepta emplear. Podemos verlo, entonces, despedirse de su madre y de su hermana y tomar un tren hacia esa gran capital. Refiero el comienzo de la historia porque el primer capítulo de “King, Queen, Knave” (“Rey, dama, valet”) es uno de los comienzos de novela más brillantes que leí en mi vida. Les puedo asegurar que aquel viaje y lo que sucede en él alcanzan para justificar leer esta obra. Pero por supuesto que la historia no termina allí, porque Franz conocerá a Martha, la esposa de su tío, e inevitablemente se enamorará de ella. El triángulo está planteado desde el título y no es difícil percibir que Nabokov no solo ensaya una variación por momentos paródica del tema del adulterio sino que, además, nos deja deliciosos detalles que remiten a “Madame Bovary” y “Anna Karenina”.
Recuerdo que abordé la primera lectura de esta, su segunda novela, sin conocer los pormenores de la trama y tengo que decirles que no solo el pulso narrativo es impecable sino que además abunda en descripciones tan fascinantes que me obligaron a detenerme para releerlas y disfrutarlas de nuevo. La historia está contada de un modo radiante, casi juguetón, pero eso no impide que Nabokov refleje una deslumbrante metáfora de cómo a veces, algunos humanos, pierden gradualmente la voluntad para convertirse, casi sin darse cuenta, en meros títeres o débiles artificios.
Escribo a propósito la palabra “artificios” porque fue la que de manera constante aparecía en mi cabecita cada vez que terminaba un capítulo y me acercaba al brillante final: “King, Queen, Knave” es un artificio sofisticado y alegre en el que cada una de las partes que lo componen se reflejan y multiplican para enaltecer e iluminar una construcción narrativa que logró, una vez más, que me sienta feliz de haberme acercado a la literatura.
Franz es un joven al que su tío, dueño de una importante cadena de ropa para caballeros en Berlín, acepta emplear. Podemos verlo, entonces, despedirse de su madre y de su hermana y tomar un tren hacia esa gran capital. Refiero el comienzo de la historia porque el primer capítulo de “King, Queen, Knave” (“Rey, dama, valet”) es uno de los comienzos de novela más brillantes que leí en mi vida. Les puedo asegurar que aquel viaje y lo que sucede en él alcanzan para justificar leer esta obra. Pero por supuesto que la historia no termina allí, porque Franz conocerá a Martha, la esposa de su tío, e inevitablemente se enamorará de ella. El triángulo está planteado desde el título y no es difícil percibir que Nabokov no solo ensaya una variación por momentos paródica del tema del adulterio sino que, además, nos deja deliciosos detalles que remiten a “Madame Bovary” y “Anna Karenina”.
Recuerdo que abordé la primera lectura de esta, su segunda novela, sin conocer los pormenores de la trama y tengo que decirles que no solo el pulso narrativo es impecable sino que además abunda en descripciones tan fascinantes que me obligaron a detenerme para releerlas y disfrutarlas de nuevo. La historia está contada de un modo radiante, casi juguetón, pero eso no impide que Nabokov refleje una deslumbrante metáfora de cómo a veces, algunos humanos, pierden gradualmente la voluntad para convertirse, casi sin darse cuenta, en meros títeres o débiles artificios.
Escribo a propósito la palabra “artificios” porque fue la que de manera constante aparecía en mi cabecita cada vez que terminaba un capítulo y me acercaba al brillante final: “King, Queen, Knave” es un artificio sofisticado y alegre en el que cada una de las partes que lo componen se reflejan y multiplican para enaltecer e iluminar una construcción narrativa que logró, una vez más, que me sienta feliz de haberme acercado a la literatura.
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